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‘Y son los perros de azotea
los que le ladran a la gris sombra’
(Arturo Rodríguez)

Cuando ella tendió a la luz del sol sus trapitos de colores, miró a la calle, inspeccionó cada una de las ventanas y después se introdujo en cada piso. El viento trajo olor a carne cruda de este mundo, a tardes de playa y a cristales empañados de noches intensas. La ilusión y la vida.

Vivió en la calle lo que se siente en las avenidas, y todo ello formó una pasta dura mientras caminaba por la ciudad, dando vueltas en círculo a la misma idea de felicidad.

Observó con detenimiento cada sentimiento para encontrar una cara, ese rostro que acabó dibujado con carboncillo en cada página. Lo cierto es que quedó claroscuro de realidades, pasiones ilógicas, temores y tímidas esperanzas.

En cada frase, permaneció en silencio para liberarse de un vestido de letras, dejando el concepto desnudo, para interpretarse sin ataduras. Así, paradójicamente, escribió su compromiso de llevarme de la mano a ningún lugar, para entender el camino, llegar a ese sitio, a una alternativa, y me dejó la responsabilidad de decidir.